Arritmias

Si este zoquete de mundo
que me palpita en el alma
no entiende
que tu camino y el mío
se han empeñado
en dejar de hacerse ojitos
y han decidido darse la espalda;
que los caminos se cruzaron
en bifurcación encharcada,
que uno decidió meterse en el barro
y otro vadear el agua;
que la luna no ilumina
en la misma noche
las mismas caras,
que cuando tú la ves creciente
la mía mengua y se larga;
para cuando el día amanece
el sol resplandece en uno
y la lluvia, para otro,
todo lo encharca.
¿Por qué ha de empeñarse la mente
en seguir rimando palabras,
mientras a ti te recuerda
y a mí me deja en la estacada?

Las bromas de la vida

Juega la vida
a reír a carcajadas
poniendo palos
entre las piernas
cuando comprueba
que avanzas.
En ocasiones,
te ve en el suelo,
se apiada y se larga,
como si no hubiese
pasado nada.
Otras se ríe más fuerte,
gastando otra broma pesada.
Ante tanta hilaridad
solo hay una receta probada,
levántate sin pausa,
pero sin prisa
y nunca le des la espalda,
que siempre habrá alguien
dispuesto a ayudarte
a plantar cara,
con motivos
por los que querer
seguir viviendo
con la sonrisa en la cara,
y devolverle a la vida
razones para disfrutarla.

Caducó nuestro tiempo

Hoy que yo también camino de duelo. Últimamente voy de duelo en duelo. Ya se cayó el árbol que me prestó cobijo y sombra durante un tiempo de mi peregrinar por el mundo, aún cuando la chulería de la juventud no temía por lo que pudiera pasar porque en el retrovisor una alcanzaba a vislumbrar el tiempo del gateo y de los primeros torpes pasos, las caídas y los juegos.

Ahora miro en ese mismo retrovisor, ya empañado y deslustrado por el inexorable paso de los años y ya no me veo con esa nitidez de la infancia. Será por la graduación o de la falta de ella, en mis también desgastadas gafas, pero reconozco, a pesar de todo, esos años de altanería y observo cómo dejamos caer lo que apenas habíamos comenzado a construir. Aprendimos a registrar, pero nunca a poner los ladrillos ni tan siquiera llegamos a saber que hacían falta unos buenos cimientos.

Ya nunca sabré qué fue lo que aquel día aconteció y en mi mente, si por siempre me respeta, solo permanecerá mi visión, ya que la que me pudieras contar te la has llevado contigo y ya de ningún modo se sabrá.

No es el único silencio que hoy duele y late en mi pecho. En él quedan las miradas, los secretos y las sonrisas que tantas palabras guardaban. Y el amor, el amor que nos profesamos en nuestro tiempo.

Llegará el día que encuentre el valor de arrastrarme hasta tu tumba a decirte lo mucho que te voy a echar de menos y como nunca supe que lo haría.

Lágrimas vacías

Ahoga la pena que atormenta

y no se sabe cómo calmarla,

que ni las lágrimas por derramar

restallarán la angustia

y la desesperanza.

Perdida, paralizada,

atormentada y esquiva.

Cuando la propia esperanza

diluida no deja nada.

Cuando uno se engaña

pensando que hizo

todo lo que en su mano estaba.

Ahí no,

ahí ya no hay más nada,

solo el triste consuelo

y el vacío de las lágrimas

mientras a lágrima viva

también se vacía el alma.

Libre… al fin

Barcos a la deriva
navegando en libertad
van atracando en puertos
donde nadie sale a saludar.

En la isla de mi destierro
olvidada me hallarán;
sin corazones en posesión
ni nadie que quiera amar;
sin nadie que me vea crecer
ni a nadie le importe verme llorar;
sin ataduras para vivir
y engrilletada a la soledad.

Escuché las voces que decían,
¡Suelta, suelta, déjalo marchar
y que tanta paz lleve
como descanso te dará!
y no luché por preservar.

Ahora a nadie ya puedo oír
ni nadie me viene a escuchar.
Ya me siento libre al fin
y olvidada en un desván,
presa de la pátina del tiempo
que ya me comienza a ajar.

22. Presentación del proyecto

El proyecto para el que requería de mi colaboración y compromiso lo conocía de sobra, ya les dije que cada vez que nos veíamos me iba actualizando algo de información, pero no sabía los detalles ni lo que esperaba de mí.

Vale, sí, lo primero la cena. Entiendo que sea yo sola la que esté intranquila por lo que me va a proponer y la única que se pregunte si seremos capaces de llegar a un acuerdo. Ustedes no se juegan nada y él tiene la cara de suficiencia de tener la situación bajo control.

-Eres un anfitrión perfecto, estaba todo buenísimo.

-No seas exagerada, es una simple cena de picoteo.

-Yo soy negada para la cocina. No sería capaz de improvisar una cena de este estilo con lo que tuviese en la despensa. También hay que tener en cuenta que en mi despensa se puede escuchar el eco si hablas dentro.

Espurreó por el mantel el trago de vino que aún estaba paladeando y hasta le comenzaron a salir unas gotitas por la nariz. Rápidamente cogió una servilleta y se la llevó a la cara para secarse, mientras yo me retiraba lo suficiente de la mesa para que no me alcanzase el disparo.

-Eres muy boba ¿lo sabías? ¡Qué vergüenza! No te habré salpicado, ¿verdad?

-Ja, ja, ja. No, tranquilo, me retiré a tiempo. No seré buena en la cocina, pero de reflejos no ando mal. Conseguir inmovilizar a algunos animales para poder sedarles es lo que tiene, que ejercitas la rapidez de movimientos.

-Pues menos mal, perdona, de verdad.

-No seas tan tiquismiquis, nos puede pasar a cualquiera.

-¿Has terminado o quieres algo más?

-No, para una cena creo que ya he comido más de lo que sería aconsejable. ¡Cuenta!, que me tienes en ascuas.

-Primero voy a recoger el estropicio que he preparado. Traigo algún dulce y preparo un café ¿o prefieres una infusión?

-Eso, tú sigue alargando el momento, que casi no me estás poniendo nerviosa. Venga, te ayudo.

-No, tú quédate a disfrutar de esta tranquilidad. No me dirás que no se está en la gloria a estas horas aquí sentado.

Habíamos salido a cenar al jardín. En los altavoces, que en algún sitio del porche debía de tener camuflados, sonaba Enya y como complemento algún que otro grillo y el canto de un ave que no supe distinguir. Es imperdonable que siendo veterinaria no reconozca el canto de prácticamente ninguna, pero así es.

-Pues también tienes razón, pero…

-Pero nada. -Había entrado en la casa dejándome con la palabra en la boca y volvió a salir sin darme tiempo a replicar-. Toma -dijo haciéndome entrega de una especie de manual encuadernado en canutillo de espiral y sobre cuya portada, en papel kraft gris en acabado mate, rezaba el título «Prótesis y ortesis en 3D, para mascotas» y justo debajo nuestros nombres y el dibujo de un lindo conejito.

-Y esto, ¿qué es?

Levanté la mirada, totalmente, sorprendida.

-Ve leyendo, mientras traigo el postre. Luego respondo a tus dudas.

Lógicamente, no era como para leerlo de un tirón, pero sí valía para hacerse una idea del trabajo que estaba llevando a cabo. Lo sorprendente era que todo estaba presentado como si yo hubiese estado colaborando con él activamente, cuando ambos sabíamos que yo me había limitado a prestarle oídos de vez en cuando y a darle mi opinión cuando la había requerido, pero ni mucho menos tenía sentido que en aquel trabajo, que sin saber el contenido ni si realmente valía la pena, figurase mi nombre.

Había una introducción, donde se explicaba la necesidad de abordar el desarrollo de las prótesis y ortesis de bajo coste, para que estuviesen al alcance de todo el mundo, pero que su fabricación se hiciese con materiales eco sostenibles. Contenía un plan de actuación que pasaba por todas las etapas, desde el estudio, la búsqueda de pacientes, análisis, materiales, subvenciones, …

Seguí ojeando, a cada página más admirada del completo informe, cuando posando una bandeja en la mesa:

-Como no me has contestado te he preparado lo mismo que me apetecía a mí, si quieres otra cosa vas y te lo preparas. Ten, un expreso descafeinado.

-No, eso está bien, gracias. Y todo lo demás es un placer para el paladar y un regocijo para mis caderas.

Además del café traía una bandeja con frutos del bosque congelados; unos bomboncitos, también helados; gominolas pequeñas de muchos colores; y dos Gin tonic que parecían recién traídos de la mejor coctelería.

-Tranquila, van flojitos, sé que tenemos que conducir, no me mires con esa cara.

-Si he de ser sincera, en lo que menos estaba pensando ahora era en los puntos del carné, tengo claro que si no estoy para conducir me vas a dejar una manta y una almohada, en ese sillón de ahí dentro no tiene pinta de dormirse nada mal . Solo me preguntaba ¿siempre haces todo así?

-Así, ¿cómo?

-A lo grande y con todo el despliegue de medios a tu alcance. ¿No te guardas un as en la manga?

-¿Quién te dice que no lo tengo? -guiñó un ojo y me dedicó una sonrisa de galán de cine, como lo era todo aquel escenario y su ambientación.

-Bueno, a mí no se me ocurre qué más puedes ofrecer, pero seguro que tu mente retorcida ya está pensando en algo más para conseguir tu objetivo.

-No lo dudes –y ahí volvía a estar la sonrisa que desbarataba todas las opciones de renuncia-. Y de eso, ¿qué me dices? –dijo señalando el dosier que me había entregado y ahora descansaba sobre mi regazo.

-¿Qué te voy a decir? En la primera ojeada nada que objetar, si no te importa me gustaría llevármelo para leerlo tranquilamente.

-Claro, esa copia es para ti, pero ¿no me vas a adelantar nada?

-Sabes que tu proyecto…

-Nuestro –atajó interrumpiendo mi alegato señalando alternativamente en mi dirección y en la suya repetidas veces.

-Bueno, vale, nuestro, aunque tú lo estés haciendo todo.

-Ahí es donde quería yo llegar. ¿No crees que ya va siendo hora de que cambien las tornas o, al menos, que se equilibren? Por favor –dijo juntando las manos y poniendo cara de cordero a punto de ser degollado.

-Sí, la verdad es que, como te iba diciendo, si es que me dejas terminar –proseguí mientras él hizo un gesto con la mano izquierda invitándome a continuar hablando, mientras con la derecha se llevaba la copa a la boca, gesto que no pude evitar seguir con la mirada.

-¿Vas a hablar? que luego dices que no te dejo y te quedas como si te hubiese dado un aire.

-Ufff, ¡qué intensito eres! Que sí, que sabes que me enamoré de este proyecto desde la primera vez que me hablaste de tus intenciones y que creo que puede ser muy bueno para nosotros, en particular, pero también para que sirva en estudios de ortesis y prótesis para humanos, más adelante.

Con una extensa sonrisa, volvió a extender su mano como había hecho hacía ya algunas horas, preguntando:

-¿Eso es un ‘Sí’?

-Sí, eso es un sí -y le estreché la mano con toda la determinación y la fuerza de que fui capaz.

Se levantó sin haber soltado mi mano, gesto que le valió para tirar de mí y acercarme a él evitando que cayese para atrás cuando rodeó mi cuerpo con el brazo izquierdo y grito un ¡Sííííí! que a poco me deja sorda.

Sentí como se ruborizaban mis mejillas cuando posando un beso pausado sobre mi frente y teniendo todo su cuerpo pegado al mío expresó:

-¡Gracias!, no te puedes hacer una idea de las veces que he soñado este momento y ni en la mejor de mis recreaciones era tan fantástico. ¡Espera! –exclamó soltándome y entrando de forma acelerada en la casa.

A la misma velocidad que había desaparecido le volví a tener enfrente con dos copas y una botella de cava que aparentaba estar bien fresquita, por el velo blanco que la cubría.

-Esta la reservaba para cuando firmásemos el contrato, pero mejor brindamos ya y el lunes comienzo a organizarlo con la gestoría para que nos preparen los papeles. Ya está prácticamente todo hablado con ellos y se encargarán de leerte el borrador y de aclarar todas las dudas que les puedas plantear, no quiero que nosotros perdamos ni un minuto más con los detalles. Cuando lo hagan, siéntete libre de añadir o modificar lo que consideres necesario. En el momento en el que lleguemos a un punto común en su conjunto, firmamos. Si he esperado tanto tiempo puedo demorarlo una semana más, a lo sumo dos, pero no te hagas de rogar, por favor. Estoy deseando comenzar a trabajar en serio.

Mientras me soltaba esta perorata sus manos se movían con total maestría aflojando el precinto de la botella y dejando que el corcho saliese disparado en alguna dirección, se notaba que no era la primera botella que descorchaba.

A pesar de estar viendo la escena, no pude evitar dar un pequeño respingo cuando sonó el característico ¡splok!

Puso una de las copas en mi mano, cogió la otra y sirvió ambas. Las hizo tintinear entre sí con un suave roce, diciendo:

-¡Por nosotros! -y entrelazó su brazo con el mío y se dispuso a beber.

-¡Por nosotros! –respondí imitando su gesto.

-Ya es muy tarde y ahora sí que no estoy para conducir, será mejor que te quedes y mañana a la hora que quieras te acerco hasta tu coche o hasta casa, como prefieras. Igual quieres que le demos la noticia juntos a Arturo.

-No, eso mejor me lo dejas a mí. Y sí, será mejor que hoy me quede a dormir, yo tampoco estoy para conducir.

Estuvimos todavía un rato bebiendo y hablando. Cuando comencé a bostezar se levantó sin necesidad de que le dijese nada. Me cogió de la mano:

-Ven, vamos a dormir que ya es tarde. Mañana recogeré todo esto.

-¿No tienes a nadie que te ayude con las tareas de la casa?

-Sí, tengo a Rosaura, es un cielo de mujer y nunca se enfada por nada. Lleva en casa de mis padres desde que yo era un niño y de vez en cuanto viene ella y João, su marido y en una mañana dejan la vivienda y el jardín como si la casa estuviese recién comprada, pero mañana es domingo ¿recuerdas? Por lo que tampoco tenemos que madrugar, no se te ocurre levantarte antes de las ocho o deberás enfrentarte a mi lado Hyde –me amenazó guiñando un ojo, con sonrisa incluida.

Siguiendo por el pasillo que habíamos recorrido aquella tarde para ir al laboratorio, pero a la derecha de la biblioteca, se encontraba un distribuidor que daba acceso a las habitaciones y a un baño. Entró en la primera y sacó, del aparador que había a los pies de la cama, unas toallas.

-Ahora vuelvo –dijo dejándome en medio de la habitación.

No tardó en volver con un pantalón de pijama, una camiseta y…

-¿Esto son unos bóxeres?

-¡Qué perspicaz la niña!, no esperarías que tuviese un juego de ropa interior de mujer. Ja, ja, ja, ja.

-Bueno, viniendo de ti, todo es posible –respondí acompañándole con la risa-. Gracias por todo, de verdad.

-Anda, no seas tonta, gracias a ti. Hoy me has hecho un poquito más feliz, aunque sabía que tarde o temprano caerías en mis redes.

Otra vez la risa pícara, otra vez la cercanía, el beso en la frente y el rubor en mis mejillas.

-Por cierto, se me olvidaba, las sábanas están limpias y habrá cepillos de dientes en el mueble del baño. Si necesitas algo más silba, que eso se te da bien. Y ya sabes, si te despiertas pronto te entretienes como quieras menos haciendo ruido. Estás en tu casa, siéntete libre de abrir, cerrar, buscar o hacer lo que se te antoje, incluso darte un baño en la piscina, de buena mañana sienta de lujo. Buenas noches.

Desapareció por la puerta casi sin darme tiempo a responder.

Fui a buscar mi bolso, extraje el teléfono y le puse un mensaje a Arturo, ya no eran horas de llamar.

«Hoy no iré a dormir a casa. Supongo que ya estarás dormido. Mañana te cuento. Un beso. 02:37».

Estaba en el baño cuando me pareció escuchar un pitido del móvil. Salí a comprobar y era un mensaje de Arturo.

«Claro, diviértete con tu amigo, por mí no te preocupes. 02:53».

Tuve un sensación rara, no me gustó mucho el tono del mensaje. La verdad es que hacía tiempo que no recibía uno de él, pero no sé, no me quedé tranquila. Pensé que igual no había sido buena idea quedarme a cenar, pero ya era tarde para cambiarlo, mañana hablaríamos y entendería todo. O lo mismo no había nada que entender y todo eran imaginaciones mías.

Llenando vacíos

Perdí la condición de sirena
que me permitió
bucear en tus mares.
Vino mi osadía
a desatar la tormenta
que anegó los sueños
y los llenó de irrealidades.

Hoy, sigo el burbujeo de tus letras
con ansia y con denuedo,
porque en ellas encuentro
el consuelo de un poema
que ha de ser inspirador,
devorador y flagelo.

Desterrada a vivir
en las profundidades
de tu abismo,
sin armas con que luchar,
los pies desnudos
en deambular errático,
sin rumbo ni tino,
ausente calor de tus brazos,
al albur del olvido.

Luna triste

Roto mi corazón
desde que marchaste.
Quebrados los días
y agrietadas las horas
transcurren
sustentando mi tiempo
sobre un frágil suelo
de soledad rasgada,
por donde escurren
los rayos del sol
que hacen endebles
las paredes
que me protegen
de la visión
de la luna triste
que aguarda
al rayar de insomnio
la madrugada.

No absuelta

Me acojo al derecho
de quejarme por nada
y porque sí,
de patalear al aire
y gritarle al viento,
de decir ¡qué mala suerte!
y musitar mil lamentos.

Me acojo al derecho
de ahogarme
en un vaso de agua,
de dar la callada
por respuesta
o de escribir afrentas
que a nadie alcancen
y a nadie ofendan.

Me acojo al derecho
de llorar mi rabia
de morderme los puños
y maltratar las palabras.

Me acojo al derecho
de tragar el ‘te quiero’
que en mi garganta
va haciendo hiel
si no lo suelto.

Me acojo al derecho
de regodearme en mis penas
que ya están agotadas
de tanto recreo.

Me acojo al derecho
de dar la cara,
de secarme con rabia
las lágrimas derramadas.

Me acojo al derecho
de mirar de frente,
de reconocer que no es oro
todo lo que reluce al verte.

Me acojo al derecho,
pero no me absuelvo.

Un descuido necesario

-Tras la explosión, al asomarme a la puerta del bar y ver que el humo salía de aquí, temí por tu vida. Me alegra comprobar que tú te has salvado.

Esa frase fue el principio del fin, pero primero les voy a contar cuál fue el fin.

Vivía en aquel edificio declarado en ruinas desde lo que parecía una eternidad.

Estábamos acogidos a un alquiler de renta antigua. Los antiguos propietarios fallecieron sin descendencia y cuando salieron a subasta pública los inmuebles que tenían repartidos por medio Madrid, se había hecho con todo el lote una constructora vampira, de las que desalojan a la fuerza para construir viviendas de lujo.

A base de extorsiones y de no arreglar los desperfectos que se iban creando, compraban las conciencias de los inquilinos por cuatro perras y así habían conseguido que solo quedasen: la señorita Emilia, soltera, funcionaria jubilada de hacienda, del segundo C; don Fausto, viudo,  maestro jubilado, del primero A; y nosotros en la vivienda del bajo, en lo que había sido, en mejores tiempos, la portería. Digo nosotros refiriéndome al despojo humano de mi marido y servidora.

Don Fausto había fallecido hacía pocos días, vinieron a llevárselo los del SAMUR, después de que Pedro, el del bar de la esquina, llamase a emergencias cuando le informé que lo había encontrado muerto al ir a llevarle un poco de pan y una sopa clara; tanto como había amanecido la mañana, porque ya no quedaban huesos para dar un poco de sabor al caldo y los trozos de jamón y de pollo los había usado para hacer unas croquetas que servirían de cena. Seguro que estarían tan insulsas como el propio caldo, porque era la segunda vez que los había echado a la cazuela, para dar sustancia.

Solía subir cada medio día a darle una vuelta a la casa y a llevarle un poco de pan y algo de comer y a media tarde para darle la cena. A cambio, él me entregaba cada semana un dinero que dejaba caer en el bolsillo de mi bata, fingiendo que no sabía que yo me daba cuenta y yo  disimulando la vergüenza de tener que aceptarlo. Como pago establecido y acordado, figuraba poder coger en préstamo alguno de los libros que conformaban su amplia y variada biblioteca.

Efectivamente, como hombre de palabra que era, cumplió lo que tantas veces prometería, que antes de irse por decisión propia, le sacarían de allí con los pies por delante.

Doña Emilia había dicho lo mismo. Sola y sin familia que fuese a verla, ¿dónde podría ir ella a sus años? No sé la edad que tenía, era muy coqueta y nunca lo decía, pero aparentaba más de 200, por la cantidad de arrugas que cubrían la poca piel que dejaba al aire, lo mismo daba que fuese invierno que verano.

También a ella le subía algo de comer y cenar, a diario. Además de alguna que otra cosa de la casa, la ayudaba con su aseo personal, le administraba la medicación y le llevaba el control de la diabetes. A veces, nos sentábamos juntas mientras escuchábamos algún disco antiguo, ella haciendo algo de ganchillo y yo leyendo.

El Despojo, o sea, mi marido, se vendió a los Buitres por cuatro perras, que malamente nos hubiesen dado para establecernos dignamente en algún sitio de aquella ciudad, pero lo suficiente para irnos a algún pueblo alejado y, preferiblemente, medio abandonado, donde las casas fuesen tan incómodas, destartaladas y poco habitables como baratas.

Se lo bebió, como lo oyen, se bebió todo nuestro triste futuro. Eso lo supe la mañana de autos por boca del Buitre de la constructora. Cuando salían los camilleros con el cuerpo inerte de don Fausto, tapado bajo una sábana que algún día fue blanca, entraba él por la desvencijada puerta del portal; la que intentábamos que no se cerrase, porque estaba descolgada y cuando eso ocurría hacían falta más de dos manos para conseguir volver a abrirla. Y lo hacía con su aspecto de suficiencia, el perenne olor a rancio que desprendía, camuflado bajo un baño de colonia y el cigarro colgando de la comisura de los labios.

Se me echó encima, arrinconándome en el descansillo, como si los camilleros le hubiesen empujado al pasar. Posó una mano sobre mi pecho y con la otra me agarro fuertemente del culo, dejando caer la cartera que siempre llevaba en las manos, y con una falsa sonrisa expuso sin contemplaciones su asquerosa dentadura amarillenta por la nicotina.

-Perdone, Doña Berta, me han empujado. ¡Estas escaleras son tan estrechas! Me encargaré de decir al arquitecto que lo tenga en cuenta en la restauración y que den más amplitud al rellano.

Con cara de asco, sin disimular, y con toda la fuerza que fui capaz, le arreé un empellón que casi le hace caer hacia atrás, al tropezar con el primer escalón.

-¿Menudos modales tiene? Si fuese mía, dijo bajando la voz y asiéndome fuertemente por la muñeca, se iba a enterar de lo que vale un peine.

Pero de eso ya se encargaba el Despojo, de enseñarme lo que valía un peine. Cada vez que llegaba borracho, que venía a ser más o menos todos los días del año, me llevaba de regalo algún guantazo, los días que no se tenía ni en pie, o una buena somanta de palos, los días que aún le quedaban fuerzas, antes de echarse a dormir la mona.

-Ya solo queda la vieja, el borracho que tienes por esposo y tú; y a mí ya se me ha acabado la paciencia. Coged el dinero que le di la semana pasada y largaos de aquí de una puñetera vez u os vais a arrepentir.

-¿Qué dinero? –dije, comenzando a comprender por qué los últimos días había llegado más tarde, más bebido y con menos fuerzas para adornar mi cuerpo con moretones.

-Los seis mil euros que le di en efectivo el lunes de la semana pasada, cuando vine a ver qué tal iban las cosas por aquí –tenía por costumbre pasarse todos los lunes no festivos, desde que se habían hecho con el edificio-. Por la cara que pones, me temo que no estabas al tanto. Ya sabía que no me podía fiar de él. ¡Borracho de mierda!

-No le creo –le respondí por hacer tiempo, de sobra sabía que me podía estar diciendo la verdad.

-Ya te lo he dicho más veces, abandona a ese crápula y ven a trabajar de interna a casa de mis padres. Estoy buscando a alguien que limpie, cocine y les cuide. Allí no te faltará de nada, ni un poquito de cariño tan siquiera.

Se acercó tanto para decirlo que su aliento entró directamente por mis oídos, junto con sus vomitivas palabras, y noté como apoyaba su pene erecto sobre mi muslo, al tiempo que dirigía su mano hacia mi cara. Dejé caer todo el peso de mi cuerpo, que no era mucho pero sí lo suficiente, sobre el tacón de aguja que llevaba puesto y que había conseguido subir a su pie derecho.

Exhaló una fuerte exclamación.

-¡Serás hija de la gran puta! –pero controlando no alzar demasiado la voz. Aún no se habían ido todos los que habían acudido al edificio para certificar la muerte y realizar el levantamiento del cuerpo.

-¡Señora! –dijo uno de los policías.

-Sí, dígame, señor agente –contesté, dejando a un lado al Buitre y sin dar mayor importancia a sus palabras, que casi eran un piropo si lo comparaba con las lindezas que me solía dedicar mi amado.

-Nosotros hemos terminado. Deberían de ir pensando en abandonar el edificio, cualquier día vamos a tener que lamentar alguna desgracia y no será por muerte natural.

Me hizo entrega de una copia del certificado que habían expedido, al no haber ni conocer ningún familiar de don Faustino. Además, me informaron que se lo llevaban a las cámaras del Servicio Médico Forense. Si en 15 días nadie reclamaba el cuerpo, lo enviarían a la fosa común para darle sepultura.

Asentí, tratando de contener las lágrimas que se mantenían haciendo verdaderos equilibrios a las puertas de mis ojos. Reclamar, ¿quién iba a reclamar a ese pobre abuelo que llevaba más de treinta años allí solo, sin recibir una sola visita?, desde que dejó de impartir clases particulares porque ya no veía ni escuchaba bien.

En cuanto el agente saludó y se dio la vuelta, el Buitre levantó una mano con intención de dejarla caer sobre mí.

-¡Señor agente! –grité antes de que llegase a rozarme ni un pelo y me escabullí por debajo de su brazo-, esperen que les acompañe, no vayan a cerrar la puerta, que luego cuesta una eternidad volver a abrirla.

-Yo también me voy –comentó saliendo detrás de las fuerzas del orden-, pero no lo repito. El próximo lunes vuelvo y no quiero que sigas estando aquí si no es para rogarme que te lleve a trabajar a casa de mis padres.

Todo esto me lo dijo con cara de verdadero odio y tratando de fingir una sonrisa, que ni ella veía prudente asomar a sus labios, por lo que quedó convertida en un grotesco gesto.

-¡Ah! y no me importa cómo lo hagas, pero te deshaces del borracho y de la vieja.

-Claro, no deje de venir a buscarme, le estaré esperando con la maleta preparada. Ahora, si no le importa, tengo cosas que hacer.

Era jueves, tiempo suficiente para llevar a cabo el plan que ya había meditado muchas veces, pero que nunca había visto la forma de realizarlo. Don Fausto me había solucionado uno de los mayores escollos que siempre encontraba cuando pensaba en él.

El domingo por la mañana dejaría un billete de 50 euros, de los que tenía escondidos en una lata, debajo del paquete de café, sobre la mesa de la cocina. Sabía que el Despojo, lo cogería sin importarle para qué estaba allí el dinero ni dónde estaba yo y se iría a bebérselo y fumárselo, como había hecho con gran parte del dinero que le habían dado para que nos fuésemos del edificio. Encontré un buen fajo escondido en uno de sus pantalones, pero no lo cogería hasta última hora.

Ya había seleccionado las pocas pertenencias que quería llevarme de allí y todo el dinero que había conseguido ahorrar y lo subí conmigo hasta la casa de Doña Emilia, donde lo dejaría escondido hasta el lunes por la mañana. Cuando estuve frente a su puerta, toqué el timbre, al tiempo que introducía la llave en la cerradura. Lo de tocar el timbre solo era para que me oyese llegar y no se asustase, pero hacía mucho que apenas podía mover sus piernas y tan solo era capaz de avanzar a pasos lentos. Llegué hasta ella y, como había previsto, la encontré bastante pálida, mucho más que de costumbre. Escondí mis pertenencias y bajé corriendo al bar, para pedirle a Pedro que llamase a emergencias porque la señorita Emilia tenía la diabetes disparada.

Cuando llegaron los de la ambulancia comprobaron el estado y dijeron que se la iban a llevar para hacerle una revisión completa, porque parecía tener algo de deshidratación. Durante los cuatro últimos días no le había inyectado la suficiente insulina ni le permití ingerir apenas líquidos, tan solo le mojaba de vez en cuando los labios con un trapo empapado en agua. El plan estaba saliendo según lo establecido.

Era de madrugada cuando el Despojo intentó, con ningún éxito, atinar con la llave en la cerradura. Me levanté y le abrí la puerta echándome a un lado, para tratar de evitar el guantazo que me pasó rozando la oreja izquierda.

-¡Quita, guarra! –me escupió mientras seguía dando manotazos descoordinados al aire.

Lo agarré como pude y lo llevé hasta el sillón y allí lo tiré o él se dejó caer, para el caso era lo mismo. Le alcé los pies, que le habían quedado colgando, y lo acomodé lo mejor que pude. El olor a alcohol era insoportable, pero peor era el tufo a orines que despedían su pantalón y sus zapatos, se ve que lo de atinar en una taza de váter, si es que lo había intentado tan siquiera, no resultó.

Con el cuerpo hecho un manojo de nervios, volví hasta la casa de Doña Emilia y me aseguré que quedasen todas las puertas bien cerradas y que no se estableciese más corriente de la necesaria en el descansillo de acceso al portal. Cogí el hatillo y volví a bajar a la mía, donde también permanecían cerradas todas las ventanas. Registré uno a uno los bolsillos de sus pantalones, haciéndome con el dinero que aún no había tenido tiempo de consumir.

Con el libro _El príncipe de las mareas_ de Pat Conroy, que me había prestado Julia, la hija menor de los González, a cuya casa iba a limpiar cuatro veces a la semana, asegurándome que me encantaría, me senté en el bordillo de la entrada al portal, para recibir la luz de la farola de la calle. En las noches de verano era frecuente encontrarme allí sentada leyendo.

Comenzaba a amanecer cuando el camión de las bebidas, que estaba descargando en la puerta del bar, hizo ruido al bajar un barril de cerveza y me despertó. Me había quedado dormida, con la cabeza apoyada en la pared y el libro sobre mi regazo.

Pedro se asomó y me hizo señas con la mano para que fuese a desayunar. Aseguraba que no lo hacía por caridad, que eran los desayunos pagados que solían dejar algunos de los clientes habituales.

El café caliente, el vasito de zumo y el cruasán tostado con mantequilla y mermelada de fresa de aquella mañana, me supieron mejor que nunca.

Pedro me pidió permiso para sentarse a mi mesa y acompañarme mientras se tomaba el café cortado, como cada mañana hacía, sin dar por sentado que se podía sentar sin más, puesto que el bar era suyo, yo no pagaba el desayuno y nunca me había negado a que lo hiciese. Cogió el libro que había dejado sobre la silla de mi derecha.

-Este es nuevo, ¿me cuentas de qué va? Aunque creo que algo me suena. De este libro hicieron una película.

-Sí, pero el libro está mejor.

Ante el comentario, Pedro me dedicó una sonrisa con los labios que vi reflejada en su mirada.

-Siempre dices lo mismo.

-Ya, pero es verdad –le devolví la sonrisa lo más ancha que pude, como él se merecía- Oye, perdona, me tengo que ir, que creo que dejé la sopa al fuego, lo puse bajo y lo mismo ya se ha apagado, tampoco quedará mucho gas en la bombona.

-Claro, ve. Si necesitas calentar algo o preparar lo que quieras sabes que puedes venir aquí.

-¡Qué haría yo sin ti! Eres como mi ángel de la guarda.

-Anda, anda, vete ya. Déjate de grandiosidades.

Salí corriendo, dejando en lo que quise que pareciese un descuido, el libro sobre la silla, igual así su dueña podría recuperarlo. Me había asegurado de escribir su nombre y la dirección en el verso de la guarda.

La puerta del portal la había dejado encajada, pero no cerrada. Di un buen empujón y en cuanto la traspasé me llegó el fuerte olor a gas. Dejé abierta la espita del regulador, antes de irme a desayunar, y el mando de uno de los fuegos de la cocina ligeramente  girado. El Despojo seguía como dormido, pero no se escuchaban ya sus ronquidos.

Tenía que salir rápido, a pesar del pañuelo que me había puesto tratando de tapar la nariz y la boca, comenzaba a sentirme mareada y a toser. Además, el Buitre no tardaría ya en llegar. Salí a la entrada y vi cómo se bajaba del coche parado justo en la puerta.

-Veo que estabas ansiosa por mi llegada. Quiero pensar que tienes buenas noticias para mí.

-Hice una mueca, disfrazada de sonrisa, y le señalé con la mano para que entrase. Por favor, ayúdeme con la bombona, he intentado cambiarla pero no puedo.

-Eso tiene un precio, ricura -dijo mientras me pellizcaba la barbilla-. Pero ¿qué has hecho, intentar cambiarla o vaciarla? huele fatal a gas. Tiró el cigarro que llevaba entre los labios y se adentró en el portal, cuando le vi traspasar la puerta de casa, lo cogí y lo lancé dentro y, con una fuerza que no supe de dónde había salido, tiré de la manija dejándola encajada.

Agarré rápidamente mi petate, que lo había escondido entre los arbustos del jardincillo colindante, y salí a paso ligero; sin querer correr, para no llamar la atención, aunque a esas horas no se veía a nadie por la zona, pero lo suficientemente a prisa para que la detonación que esperaba y no tardé en escuchar, me pillase lo suficientemente lejos como para poderme causar algún daño.

Ante la explosión expelí un pequeño grito que no pude retener y me cubrí la cabeza con las manos, al tiempo que giraba la esquina, pero sin volver la vista atrás.

Aquella mañana me tocaba plancha en la tintorería que estaba a tres manzanas de mi casa. Durante todo el tiempo que estuve en la trastienda, se escucharon las sirenas que no pararon de sonar. Cuando volví, la zona seguía acordonada y un policía estaba hablando con Pedro, que en ese momento miró en mi dirección y me señaló.

Corrió a mi encuentro y se permitió algo que nunca antes había hecho, me abrazó, pero con uno de esos abrazos sinceros, de los que arropan y reconfortan.

Después de sus palabras, le pregunté, más por disimular que por interés.

-¿Qué ha ocurrido?, ¿dónde está mi marido?

-Los bomberos han dicho que ha podido ser una bombona de butano, pero tienen que investigar. En la casa había dos cuerpos calcinados, totalmente irreconocibles. Uno sería tu marido, pero el otro, ¿sabes quién podría ser?

-No. Menos mal que ayer se llevaron a la señorita Emilia. ¿El Buitre no ha aparecido por aquí?, seguro que él sí sabe lo que ha ocurrido.

-No lo he visto. Ven, te van a tomar declaración, pero les he pedido que sea en el bar, ya irás luego a firmarla a comisaría, así te preparo una tila y algo de comer.

Me dejé arrastrar, total, aún no había pensado dónde me iría para comenzar una nueva vida. Lo que sí sabía es que estaría cerca del mar. Ni el más profundo y oscuro océano podía ser peor que aquello.